‘Vivir plenamente hacia lo interior igual que hacia lo exterior, no sacrificar nada de la realidad externa en beneficio de la interna y viceversa.’
(Etty Hillesum)

Mujeres Singulares III

La tercera reunión de Mujeres Singulares fue en noviembre y aún siento su huella en mí.
Hablamos sobre la relación que cada una de nosotras tenemos con nuestra madre.

Junto a la diversidad de experiencias, surgieron dos cuestiones que, en el fondo, son la misma cosa.

La primera de estas cuestiones es que, cada una a su manera, ha ido entendiendo que su madre es una mujer de carne y hueso, condicionada por las circunstancias que le ha tocado vivir, movida por sus creencias, afectada de un modo u otro por el patriarcado y que ha sido madre del mejor modo que ha sabido o podido.
Reconocer este hecho tan simple, nos permite entenderla mejor, mitigar nuestros juicios hacia ella, aprender a valorar lo que nos dio y entender que de poco sirve quedarnos atascadas en el lamento por lo que no nos dio.
O sea, nos permite verla un poco más y aceptar que ella es quien es, ni más ni menos.
Para muchas de nosotras, el feminismo ha sido una fuente de luz en este proceso de reconocer a la madre real y concreta, y dejar de compararla con un ideal.

Ahora bien (y aquí viene la segunda cuestión), todo ello suaviza, pero no quita la pena o el dolor que se siente cuando la propia madre no acepta ni reconoce ni valora lo que la hija ha decidido ser.
Es una pena o un dolor que tiene relación con el ansia de libertad.
Generalmente, cuando una madre acepta que su hija es quien es, el camino se le vuelve más ancho, fácil, ligero. Por el contrario, cuando esta aceptación no se da, el camino suele estrecharse, hacerse más denso y difícil.

Llegadas a este punto, sería fácil culpar a la propia madre por la falta de libertad que una tiene, lo que sería, no solo tonto, sino inútil y casi infantil.
Lo que quiero decir es que, toda mujer que anhele libertad, tendrá que descubrir que ésta anida en su interior y que, para conquistarla, tendrá que vérselas con su soledad.
Ahora bien, esta soledad se hace más cruda cuando falta la mirada cómplice de otra mujer, más aún cuando esa mujer es la propia madre.

Pero, como ya dije al hablar sobre la primera cuestión, cuando entendemos a la propia madre, podemos suavizar esa crudeza y encontrar el aliento que nos falta para seguir.

En fin, en esta relación tan básica para cualquier mujer, hay un nudo que no siempre es fácil solventar: la dificultad para verse y aceptarse mutuamente, o sea, para crear una relación entre dos mujeres reales y no con quien cada una 'debería ser'.
Un nudo que nos ha hecho soñar, añorar, buscar y crear comunidades de mujeres cómplices, capaces de poner palabras y prácticas que den fuelle y aliento a la relación que cada madre tiene con su hija y viceversa, y, como no, también a la libertad de cada mujer.

4 comentarios:

Alson dijo...

Tema interesante, duro, pero necesario para alcanzar la felicidad existencial...
Un abrazo nuevo

ISA dijo...


Me encantaría haber ido a ese encuentro. ¿Cómo podría participar en otros?.

Yo he sido muy dura juzgando a mis padres después de haber sido madre de 4 hijos y de haberlos tratado, cuidado y educado como creo que tienen que hacer un padre y una madre. Incluido cometer algún que otro error porque nadie es perfecto y estamos hablando de personas con sus múltiples influencias externas a la familia.

Y no, no creo (al menos en mi caso) y como dice Alson que tener una buena relación con los padres sea necesario para alcanzar la felicidad existencial. Pero es solo mi opinión.

Anónimo dijo...

Me reconozco tanto en este nudo! Y ahora sé perfectamente qué es esto del miedo a la libertad...

Gracias, Julia

VINCULA-T dijo...

Ojalá que Lola y yo sepamos vernos y reconocernos como las mujeres que somos y vamos siendo...