‘Vivir plenamente hacia lo interior igual que hacia lo exterior, no sacrificar nada de la realidad externa en beneficio de la interna y viceversa.’
(Etty Hillesum)

Nadar en la desmesura...

Miro por la ventana, veo a dos niñas que juegan a la pelota como si les fuera la vida en ello.
Oigo que la ONU planea una misión para 'reconstruir' Haití. No puedo evitar acordarme de Naomí Klein cuando nos advertía de cómo al capital le gusta el fango para poder sacar tajada en la reconstrucción.
Parece que ha desaparecido un fotógrafo español que cubría la guerra de Libia y que muchas mujeres están siendo agredidas por la virilidad que se ha desatado junto al estallido de la bombas. Las tropas españolas permanecen allí y yo solo quiero gritar NO A LA GUERRA.
Mi cuerpo se desinfla mientras pienso en la lista de la compra.
Me estremezco ante la violencia descarnada en Costa de Marfil, en Siria, en Palestina, en tantos sitios... que ya no me caben en mis entrañas.
Pero eso no es todo, el hambre golpea con fuerza porque el precio de los alimentos se decide en la bolsa, la trata de mujeres está al orden del día en el mundo entero y Europa ha dado otra patada al estómago de tanta gente al menguar aún más las condiciones laborales y vitales de quienes vivimos de nuestro trabajo.
Nuestro Ministro de Trabajo dice que los salarios deben moderarse aún más durante mucho tiempo, mientras los eurodiputados se niegan a volar en clase turista. Y han subido los tipos de interés.
Siento nauseas y alguna lágrima.
Portugal pide ayuda mientras entona el 'mea culpa' por no haberse sometido aún más a los dictados del capital.
Y el mar de Japón sigue tragando lo intragable.
Respiro, miro por la ventana, y allí siguen las niñas, jugando como si les fuera la vida en ello.

Ante tanta desmesura, me entra la tentación de refugiarme en esa imagen, como si de pronto solo existieran estas dos niñas. Las miro y sonrío. Pero se vuelven a casa.
No quiero que la vida y la belleza sean un refugio, quiero simple - mente descubrirlas y sentirlas allí donde estén, incluso en los recovecos más recónditos e insospechados.
Pienso que tal vez debería mirar cada herida que se da en el mundo por separado, de una en una, para evitar el atracón. Pero, me doy cuenta que, de ese modo, el dolor del mundo se distorsiona, como si se trataran de pequeñas islas inconexas entre sí.
Y así, mientras le doy vueltas a cómo afrontar tanta desmesura sin desfallecer, me doy cuenta que, en el fondo, no se trata de muchas cosas, sino de una sola.
Una cosa, una lógica, un tipo de relación, que cobra fuerza y agallas en diferentes lugares de este planeta y que, allí donde encuentra hueco, arrasa, arrasa.

Una cosa dura y persistente que no ha podido con las ganas de jugar de dos niñas y, aunque a veces me siento desfallecer, no ha podido tampoco con mis ganas de cuidar y disfrutar de lo vivo.
Saber esto, me ayuda a poner medida al dolor que veo y también a mi rabia, me ayuda a no cegarme por falta o por exceso de luz.

3 comentarios:

patricia t cañada dijo...

Qué texto más precioso.

un beso

julia dijo...

Qué escalofríos me entran. Gracias Graciela por poner esto en palabras.

un beso

Rosa Mª Solano Fernández dijo...

Maravilloso, Graciela.